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La frescura del río, las noches estrelladas, el cariño de los niños

Eva y Vanessa relatan parte de su experiencia en la comunidad de Llanchamacocha. Adaptarse a la vida en la selva fue duro, pero coinciden en que se trata de una experiencia irrepetible.

 

Eva Guillén Rivera y Vanessa Iglesias Fernández son dos voluntarias que salieron de Llanchamacocha a principios de este mes. Eva, de 37 años, nació en Vilanova i la Geltrú y Vanesa tiene 31 y es de Zamora, España, aunque los últimos cuatro años los ha vivido en Chile. Si bien ingresaron por motivos diferentes a la selva, compartieron durante más de un mes una aventura en un entorno que no les era nada familiar. En la amazonía se redescubrieron a sí mismas.

 

Eva se animó a realizar el voluntariado porque quería “vivir en estado puro en la selva” y aprender de la comunidad, además de que era una gran oportunidad para ayudar a los niños compartiendo sus conocimientos. Vanessa, que ya había hecho un voluntariado en la selva (en Costa Rica), quería vivir una experiencia similar en Ecuador. Esta vez daría clases a niños, lo cual era un nuevo desafío.

 

Al puro estilo McGyver, ambas voluntarias se adaptaron a la vida de la selva, muchas veces improvisando soluciones a problemas cotidianos, desde lidiar con insectos hasta construir una parrilla y un cambiador de ropa. También se toparon con experiencias inesperadas, como la visita de Manari Ushigua, líder Sápara, con quien compartieron una ceremonia de Ayawaska: “Durante las primeras dos semanas que estuvimos allí llegaron para hacer un documental con un chico inglés (Mike Adams) e hicieron la ceremonia de la ayawaska y tuvimos la oportunidad de vivirlo. Esto fue muy improvisado y genial”, coinciden Eva y Vanessa.

 

Otro de los aspectos que destacan es el cariño de los niños. Si bien dar clases con pocas herramientas puede ser un desafío, además de que no existe una plantilla docente completa, allí es donde la creatividad cumple su rol: “Me encantó la experiencia de ser profesora, he descubierto algo en mí que no conocía. Tuvimos que improvisar mucho. Libros tenían pero no para todos. Yo tenía 11 niños y no todos tienen el mismo nivel. Tuvimos que adaptarnos a las necesidades de cada niño y para ello hacer como grupos”, relata Vanessa acerca de su experiencia.

 

La selva no siempre mostró su lado amable, pues en ocasiones los mosquitos y otros insectos interferían con su bienestar. Vanessa y Eva, poco acostumbradas a lidiar con las alimañas de la selva tropical, tenían la frescura del río para aliviarse y noches estrelladas para olvidarse de lo terrenal.

 

Además de su relación con los niños, las voluntarias compartieron algunos momentos con la comunidad. Conocieron acerca del lenguaje que ahora solo habla la abuela, el sápara, además de que ayudaron a las mujeres de Llanchamacocha a desarrollar un proyecto para vender artesanías fuera de su territorio. También visitaron las chakras (sitios de cultivo), y fueron parte del festín de pesca. Una vida muy diferente a la que estaban acostumbradas.

 

Finalmente, ambas voluntarias salieron renovadas, aprendieron que con creatividad son capaces de enfrentarse a situaciones desconocidas. Ahora se llevan con ellas un pedazo de la Amazonía, la frescura del río, los sonidos del bosque, pero sobre todo la calidez de los niños.